TALÓN RAJADO / Reseña de Maximiliano Moreno

Desde el primer relato del niño narrador de Talón rajado supe que me encontraría en esas páginas, tal como me lo había vaticinado su autor en la cálida dedicatoria de la página de gentileza del bello libro re editado por La Máquina Eterna. Yo también soñaba con ser jugador de fútbol o, en el peor de los casos, relator. La solución de aquellos años era un híbrido entre ambas opciones: jugador-relator en la misma figura infantil del gordito de la cuadra, creador de relatos épicos que enaltecían las jugadas que el niño dibujaba en su cabeza y trazaba sobre los patio-canchas de tierra. Desde esa primera historia, la novela de capítulos cortos y ágiles, precisos y picantes, te agarra del cuello y no te suelta hasta la develación final de los talones rajados.

Literatura conurbana de la buena derrama Gramajo, tal como su apellido nos insinúa: abundante en imágenes y olores, en sonidos y texturas. Un mundo caleidoscópico y centelleante desde Gregorio de Laferrere, en el conurbano bonaerense, que recrea de modo impecable el ambiente de la década menemista -pintado a la manera de la dulce Daniela de Víctor Heredia- desde los ojos de un niño que atraviesa la niñez azotado por la plaga del hambre y la desocupación. Un niño hacedor de mil malabares que ayuden a llenar una olla siempre difícil. Familias amorosas y violentas en el mismo movimiento de subsistir. Abuelos con fuerte presencia y palabras sabias que dejan consejos para toda la vida. Madres espiadas a escondidas y toda la ternura que puede contener la violencia paterna que no sabe cómo querer a un niño curioso y movedizo.

Así es como los relatos se entrelazan y autoencastran, avanzando hacia la crisis del 2001 y el temor a los saqueos, atravesando los corsos del barrio, las campañas políticas, el peronismo, los videojuegos, los amores contrariados y renovados, y el uso de las armas y una violencia explícita a veces, y solapada y tierna casi siempre.

Y en ese camino, la novela se convierte en un coming of age (supe que ahora se dice así): del niño relator al enamorado de Analía la de las manos blancas e incalculable indiferencia; del incipiente lector de poesía al co-autor de la nueva canción patria en la escuela; del primer beso juvenil a las experiencias sexuales diversificadas; de la pérdida fulminante de 119 bolitas en una contienda dispar a un regalo a su hermano mayor que se me atoró como un nudo de lágrimas en la garganta; de los consejos a Martín: “Si no nos cuidamos, la vamos a quedar, sobre todo vos”, a las despedidas de tías muy queridas; del primer cuento contado por una madre a los suicidios de los amigos; de la muerte absurda del ucraniano Pawel, chupado por la succión del tren en San Antonio de Padua, al femicidio de una ex novia a manos de un carnicero celoso; del terrible asesinato de una abuela al estruendo del cuerpo de un padre que cae sobre la tierra ebrio y agotado.

Un óleo final hermoso y violento, tierno y perturbador; teñido de alegría, pero en el que también se percibe una profunda melancolía. Así juega la novela con las contradictorias emociones que despierta en el lector: una piña en la cara y una caricia en el alma, una lágrima triste y una carcajada en la página siguiente. Maestría narrativa poetizada por la experiencia del propio cuerpo. Como diría Norman Briski: una textualidad que produce estados. Nunca sabremos dónde mezclan sus aguas la ficción y lo autobiográfico, pero eso poco importará cuando, finalmente, podamos sentir la sangre del tajo de una herida perderse entre el barro podrido de una zanja.

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